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Ocio y Cultura 23/08/2022 · Diego Fernández

10 obras de Marciano Zurita

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"Marciano Zurita (Palencia, 1884-Madrid, 1929) es uno de los poetas peor conocidos, aunque más representativos, del momento final del Modernismo español. Valorado por la crítica de su tiempo como el más sincero y entusiasta cantor de la tradición, el espíritu y los hombres de Castilla.Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid. Su padre fue fundador del diario El Día de Palencia, donde él mismo colaboró. Zurita es autor de cuatro libros de versos: El triunfo del silencio (1912), La musa campesina (1913), Pícaros y donosos (1916) y Castilla (1924), que no han vuelto a ser editados. Es autor de la letra del Himno a Burgos, circunstancia que le granjeó el homenaje de la corporación burgalesa encabezada por su alcalde Ricardo Amézaga, el día 19 de septiembre de 1926."



1. Sermón perdido

Soy viejo, y mis consejos
no tién ni pizca de cencia,
tién en cambiola experencia,
que es el saber de los viejos.

¿Te casan, Encarnación,
mis pláticas y sermones
y en escucharlos no pones
una miaja de atención.

No me extraña; yo, a tus años,
lo mesmo que haces hacía,
y, como tú, me reía
de los consejos extraños.

Cuando alguno riprender
mis locuras intentaba,
yo, Encarnación, li escuchaba
como quien oye llover,

y ni el párroco logró
convencerme, lo confieso…
¡No hubo un mozo tan travieso
ni tan bruto como yo…!

Muchacha que conocí,
muchacha que cortejé,
y a todas ellas juré
lo que yo enjamás sentí…

2. A una Dama

Pues que sois fea y presumís de hermosa,
sabed que en ello la virtud flaquea;
porque, en cuestiones de virtud, ser fea
resulta ser mejor que mentirosa.

La dama que se estima virtuosa
nunca en sus propias gracias se recrea,
que ello es buscar a la virtud pelea
y la pelea siempre es peligrosa.

Si tenéis juventud, ella hermosura
os dará, que lo joven es lo bello
y toda imperfección cubre o repara.

Y si llegasteis a la edad madura,
¿a qué fingir? ¿Qué adelantáis con ello,
si nadie ha de miraros a la cara?

3. Hablan los viejos

-¿Pa qué a dir, hijo mio,
pa qué vamos a dir a la feria…?
¿Pa gastar sin provecho denguno
lo que tanto trabajo nus cuesta?
¿Pa sufrir, viendo que otros se rien
y aumentarnos con ello las penas?
¿Pa sentir envidia?
¿Pa pasar vergüenza?
¿Pa encontrar muchas caras alegres
y que solo estén tristes las nuestras?
¿Pa que los ricachos,
que a las gentes de pueblo disprecian,
nus disprecien tamién a nosotros
y se burlen de nuestra pobreza?
¿Pa que las siñoras, al vernos, se aparten,
creyendo que vamos a manchar sus sedas
con los cuerpos nuestros,
con las ropas nuestras…?
¿Pa sentir envidia?
¿Pa pasar vergüenza?
¿Pa qué vamos a dir, hijo mio,
pa qué vamos a dir a la feria…?

Tú ya sabes que el año fue malo;
tú ya sabes que fue la cosecha
de las que a un labrador le acoquinan,
le angustian, le aprietan.
Tú ya sabes que semos bien pobres;
tú ya sabes que el hambre no espera
y que llama a una puerta mu pronto
y que tarde, mu tarde se aleja…

Fíjate, hijo mío,
que entre impuestos, trebutos y rentas,
pagamos al año
más de mil pesetas
y que muchas veces, pa poder pagarlas,
vendí los aperos u vendí una tierra…
Tú no sabes toavía, hijo mio,
lo que son pa el labriego las deudas;
tóo el mundo le pide,
tóo el mundo le estrecha;
a nadie le importa
que tenga u no tenga;
nadie le pregunta
si cogió u no cogió la cosecha,
ni si ha sío mala,
u si ha sío güena…
¡Él lo tié que pagar! ¡No hay rimedio!
¡Y el lo paga, que pueda u no pueda…!
Y al que tie que pagar y no puede
y busca y no encuentra
y se rompe la crisma pensando,
se le pone un dolor de cabeza,
se le mete un frio por drento del cuerpo
y un calor se le sale por fuera,
que paice talmente como si la sangre
se helase en las venas;
y como si toa subiese a la cara,
la cara se pone como una cereza
y los ojos primero echan chispas
y dimpues muchas lágrimas echan…

¡Tú no sabes toavía, hijo mío,
lo que son pa el labriego la deudas!

Pero ya lo sabrás ¡y mu pronto
tal vez que lo sepas!
Y, cuando lo sepas, ya no tendrás ganas
de gastarte los cuartos en juegas,
y si un hijo tuyo
te pregunta por qué no le llevas
a la feria, dirás: “Hijo mío,
¿pa qué vamos a dir a la feria?
¿Pa gastar sin provecho denguno
lo que tanto trabajo nus cuesta?
¿Pa sufrir, viendo que otros se ríen
y aumentarnos con ello las penas?
¿Pa sentir envidia?
¿Pa pasar vergüenza?
¿Pa qué vamos a dir, hijo mio,
pa qué vamos a dir a la feria…?

4. Paisaje Castellano

Campo de pan llevar abierto y raso
y de espumoso albillo de garrote
como los que cruzara Don Quijote
y los que enalteciera Garcilaso.

Monte de leña arder, en leña escaso;
pueblo desolador, de misa y de pote;
viejos de grave andar y ancho capote;
viejas de mal gruñir y lento paso.

Mozos ennegrecidos en la era;
mozas encanecidas en el huerto;
un pastor, un zagal, una chiquilla...

Los trigos tienen un color de cera.
Los pueblos tienen un olor a muerto...
¡Y aquí he nacido yo! ¡Y esta es Castilla!

5. La novia castellana

A las llanuras de Castilla
vengo buscando esposa;
quiero que sea tan sencilla
y liberal como hacendosa.

Quiero que tenga por amigos
al humilde y al pobre,
y que de sus dorados trigos
les dé algo más de lo que sobre.

Que cuando alguno se aproxime,
limosneando, a su casa,
uvas le dé, si uvas exprime,
y le dé pan, si pan amasa.

Quiero que sepa la doctrina
y lleve escapulario,
y que de noche, en la cocina,
tras cenar, rece el Rosario.

Que el señor cura de la aldea
la ponga como ejemplo,
si alguna tarde sermonea
a su parroquia desde el templo.

Quiero que mire sus sembrados
de modo que la obliguen
a sonreír, si están granados,
y a no llorar, cuando no espiguen.

Que siempre mire su cosecha
como algo que da el cielo,
más que a la mano que barbecha,
a la materna fe del suelo.

Quiero que toda la comarca
envidie mi ventura
cuando el amor saque del arca
la ropa –afán, ahorro y blancura-.

Que lleve un traje muy sencillo,
el traje castellano,
que huela a espliego y a tomillo
y a madre selva y a manzano.

Quiero que sean sus cariños
puros y maternales,
y del candor de nuestros niños
me dé las risas musicales.

Que vea en ellos un tesoro
para nuestras pobrezas,
cuando se vistan con el oro
del sol de estío sus cabezas.

Quiero que nunca está llorosa
y siempre esté tranquila;
que sea limpia como rosa
y placentera como esquila.

Que ardan sus ojos en amores
y no en torpes anhelos,
y entienda todos sus fulgores
en los fulgores de los cielos…

6. Cuenta Lázaro su vida

Sepa vuestra merced que un pordiosero
de ojos dormidos y nariz despierta,
adriestróme en pedir de puerta en puerta
y enseñóme a ayunar de enero a enero.

Un clérigo después y un escudero
me dejaron el ánimatan tuerta,
que a un bulero serví, y es cosa cierta
que en falsedad aventajé al bulero.

Tundido a golpes, aprendí a ser pillo,
hice agujero donde olí bocado
y más hurtos logré que Cortadillo.

Pero encontróme un día desposado,
y sin ser de mi esposa lazarillo,
sigo siendo de aquesta lacerado.

7. Cervantes

Mi padre fue corregidor de Osuna
y con mi madre en Alcalá vivía
cuando yo cometí la picardía
de nacer reclamando teta y cuna.

Llegué a mozo sin pena ni fortuna;
un prelado prestóme su valía
y en Italia luché con bizarría
y en Lepanto me hirió la Media Luna.

Cautivo luego y luego rescatado,
libre después, después encarcelado,
y a la fin sin cadena ni barrote,

el genio un día se acercó a mi frente
y besándola, dulce y sonriente,
me dijo: “Escribe…”. Y escribí el Quijote.

8. Amapolas

Amapolas
Amapolas,
trémulas gotas de sangre,   
que enrojecen la dorada
levadura de mis panes.

Amapolas,
nacidas en mis trigales, 
entre espigas que mañana
serán hostias, y hoy son cálices.

Amapolas,
rojos labios que se abren
en mis pálidos barbechos,
como risas estivales.     

Amapolas,
risas ígneas de mi carne,
que está encendida de amores
y seca de soledades.      

Amapolas,
lágrimas de fuego que arden
en la lucha de mi vida  
y en la paz de mis altares.

¡ Amapolas,
trémulas gotas de sangre
que los surcos de mis venas
dan a los de mis trigales !

9. Verano

Tarde agosteña. Bajo la pesadumbre del bochorno
los seres y las cosas adurmiéndose van...
Es esta tarde ígnea como un inmenso horno
donde se tuesta el campo como un inmenso pan.

Todo está ardiendo. Todo tiene un color rojizo
de trébede, de hoguera, de ara y de crisol.
El pecho de Castilla, descarnado y calizo,
para apagar su sed, bebe rayos de sol.

¡Piedras de los castillos, adobes de las casas,
mármoles de los templos, cera de los trigales,
oro de la leyenda y de la tradición,
sacrosantos escombros convertidos en brasas
para los incensarios que en nuestras catedrales
ofrendan el incienso de nuestro corazón!

10. Sangre de la raza

Hay en los hoscos llanos de Castilla un solar
que fue en días remotos una noble mansión
y que el tiempo ha venido, profano, a derrumbar,
arruinándolo todo menos un paredón.

Hay en el paredón una piedra sillar;
en la piedra, grabado, un sencillo blasón;
en el blasón, las armas de Díaz de Vivar,
y a los pies de las armas, vigilando, un león.

Y hay en las viejas garras del león inquietud,
y fuego en su melena, y orgullosa altivez
en su acerada y noble mirada de adalid...

Extranjero, no fies nunca en tu juventud.
Piensa prudentemente que no existe vejez
para el león...¡ Que aun muerto, fue vencedor el Cid!

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