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Ocio y Cultura 14/11/2022 · Diego Fernández

10 extractos del libro 'Y entonces nací yo, memorias para desmemoriados' de Miguel Gila

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"En las páginas de estas memorias, el genial humorista recuerda la humilde buhardilla de Zurbano 68 en la que vivió su infancia, su paso por el 5º Regimiento y la durísima posguerra que le toco sufrir, de la que es capaz de rescatar anécdotas divertidas: revive sus difíciles comienzos en el mundo del espectáculo, rememora su relación con Tono, Mihura o Álvaro de Laiglesia y su trabajo en la Codorniz los felices días de estreno junto a Tony Leblanc y Lina Morgan, sus encuentros con Anthony Quinn, Hemingway, Fidel Castro, el che o tantos otros".



1. Extracto 1

Buhardilla Zurbano 68 (Madrid)
La casa de ladrillo del 68 de la calle de Zurbano (que ahora es el 82), con sus dos patios, sus cuatro escaleras y sus sesenta y dos viviendas, más la taberna del señor Urbelino y la tienda de comestibles del señor Andrés y la señora Edelmira, estaba habitada por familias de condición humilde, aunque algunos vecinos, como los Tabares, tuvieran piano. La casa de ladrillo rojo de la calle de Zurbano era una isla pobre situada en un archipiélago donde había otras islas con palacetes de nobles, como el del conde de Alcubierre o palacios como el del conde de Romanones. En otras islas habitaban políticos como Luis Bello, Niceto Alcalá Zamora, Ruiz de Alda y Francisco Largo Caballero, este último en una casa de vecinos de García de Paredes, y grandes artistas como Sorolla y Mariano Benlliure. Y como un océano de calles mal pavimentadas que rodeara este archipiélago, muchos solares abandonados, algunos sin nada, otros con zanjas hechas para una edificación, que luego no se llevó a cabo y a las que la lluvia y el tiempo les dieron el aspecto de un campo de batalla después de finalizada una guerra.

2. Extracto 2

Años 20
Hicimos una banda, nos pusimos de nombre "Los leones" y Emilio Sáez, el Nenín que le llamábamos los chicos, cuatro años mayor que nosotros, nos hizo un tatuaje en el brazo, que representaba la cabeza de un león. Nos lo hizo con el sistema de aquella época, seis agujas de coser atadas con un hilo que mojaba en tinta china y nos iba pinchando punto por punto el dibujo de la cabeza del león en el brazo derecho. A mí, aquello me costó una paliza en mi casa. Se me puso el brazo como el de Popeye y durante varios días estuve con una fiebre muy alta. Durante la guerra me lo quise borrar quemándomelo con el cigarrillo, pero sólo lo conseguí a medias, aún lo llevo conmigo. 
Para entrar en la banda de "Los leones" teníamos que pasar dos pruebas de valor. 
El Hospital Obrero estaba en un edificio con forma de castillo, que aún existe, en el paseo de Ronda, antes de llegar a Cuatro Caminos. Allí era donde los que queríamos ser de la banda de "Los leones" teníamos que pasar nuestra primera prueba de valor. 
Por una ventana, que estaba a unos dos metros de altura, se podía ver el lugar donde hacían las autopsias. 
Nuestra prueba de valor consistía en demostrar que mirando por la pequeña ventana, éramos capaces de aguantar hasta que los demás contaran hasta diez, viendo hacer una de aquellas autopsias. 
Como no alcanzábamos a la altura de la ventana, uno de nosotros se apoyaba en la pared con las dos manos y el que iba a pasar la prueba de valor, con la ayuda de los demás, se subía sobre los hombros del que estaba apoyado en la pared. Cuando ya su mirada estaba frente a la ventana y podía presenciar la autopsia, los que estábamos abajo empezábamos a contar, uno, dos, tres, cuatro... Ninguno llegábamos hasta el diez, aunque después nos disculpábamos diciendo que el de abajo se había movido. Alguno cuando no habíamos llegado al cuatro, gritaba: "¡Abajo, abajo!" Le bajábamos y ya en el suelo resoplaba por la nariz, con el terror reflejado en la cara. El muerto estaba desnudo sobre la mesa y apenas el forense comenzaba a manejar la sierra y el escalpelo, venía el derrumbe. 
La segunda prueba no tenía el carácter macabro de la anterior. Consistía en meterse en una alcantarilla en la calle de Miguel ángel o Abascal y salir por la calle de Vargas. Todo el trayecto de una alcantarilla a otra había que hacerlo solo y sin más luz que la de una vela. Cuando el aspirante a "león" entraba en la alcantarilla, los chicos subíamos Abascal arriba y le esperábamos en la salida de la calle Vargas. Ante el asombro de la gente que pasaba por allí en ese momento, se levantaba la tapa de hierro de la cloaca y por ahí aparecía el aspirante a "león", con la cabeza llena de telarañas y las alpargatas mojadas.

3. Extracto 3

Años 20
A pesar de haber tantos solares, un día, al volver del colegio, bajando por García de Paredes no pude llegar a ninguno. No puedo saber qué fue lo que me provocó aquellos retortijones, tal vez los altramuces, que los chicos llamábamos "chochos" y que había comido en cantidad, lo cierto es que de vez en cuando me tenía que parar y apretar las piernas con fuerza. El retortijón se paralizaba un instante, pero apenas había dado unos pasos, me volvía de nuevo. No lo pude evitar y antes de llegar a Zurbano me cagué. 
Llegué hasta mi casa caminando con dificultad, tratando de evitar que la cosa no pasara de los calzoncillos y lo conseguí. Cuando mi abuela abrió la puerta notó que algo extraño me pasaba, pero no dije nada. En la casa no había nadie más. Me metí en mi habitación, me quité los pantalones y los calzoncillos. Los pantalones milagrosamente no se habían ensuciado, pero los calzoncillos olían que apestaban. 
Como no me atrevía a decir nada, metí los calzoncillos en un paraguas con idea de lavarlos aprovechando que mi abuela saliera a hacer algún recado. Me puse unos calzoncillos limpios. Mi abuela no salió, dejé los calzoncillos dentro del paraguas. 
Ese día no pasó nada; pero el destino quiso que, al día siguiente, viniera de visita una amiga de mi abuela, que estaba casada con un senador. Cuando terminaron de hablar y la señora del senador se disponía a salir empezó a llover. Mi abuela le dio el paraguas. Cuando la señora del senador llegó al portal, abrió el paraguas para salir a la calle y los calzoncillos le cayeron en la cabeza. Se armó la de Dios es Cristo.

4. Extracto 4

Y llegó el año 1931. Dos años más y dejaría el colegio y con él, los frailes. Pero en ese año las cosas iban a cambiar, 1931 fue un año muy complicado. 
De Boetticher y Navarro salieron los obreros en manifestación, dando gritos contra la explotación de los trabajadores. Hubo varias huelgas. Los frailes de mi colegio estaban asustados -algunos, otros no pero en el colegio se respiraba un clima muy raro, como que algo tremendo iba a pasar. 
Hubo un asalto a las tiendas de comestibles. Recuerdo que la gente rompía las lunas de los escaparates y se llevaban todo lo que había dentro, otros colocaban sobre el borde de las aceras los bidones de aceite y abrían el grifo, el aceite corría hacia las alcantarillas como el agua en los días de lluvia mientras que los dueños aterrorizados observaban desde la calle a aquella multitud enloquecida. Todos los chicos del barrio nos metimos en una de las tiendas y, aprovechando aquella locura de la gente, nos llenamos los bolsillos de caramelos, de galletas y de chocolate. Cuando llegué a mi casa y le enseñé a mi abuela el botín que había conseguido, me cogió de una oreja. 
--¿Tú por qué te tienes que meter en esos líos? ¿No te das cuenta de que te puede pasar algo? Nunca más. ¿De acuerdo? 
--Está bien, madre, nunca más. 
Pero luego, en la calle, nos reunimos los chicos y disfrutamos del botín.

5. Extracto 5

Final 1939, principios 1940
Aunque en Construcciones Aeronáuticas pretendieron asignarme la categoría de aprendiz de cuarto grado, que era la que tenía al comienzo de la guerra, como durante el tiempo que estuve en Boetticher y Navarro me había interesado en aprender, observando y preguntando a los mejores profesionales, me sentía capacitado para ser más que un aprendiz de cuarto grado, y exigí una prueba como especialista de primera. Me pusieron la que entonces era la más complicada: hacer un piñón helicoidal. Me salió perfecto y en mucho menos tiempo del que me habían dado para terminarlo. 
El trabajo en Construcciones Aeronáuticas era muy duro, no por las ocho horas de la jornada, sino por el desplazamiento diario. 
Para llegar a la estación de Atocha, de donde salía el tren para Getafe, me tenía que levantar a las cinco y media, mal desayunar y caminar hasta la glorieta de la Iglesia, coger el primer metro que pasaba a las 6.20, bajar en Atocha y coger el tren que nos llevaba hasta la estación de Getafe, desde donde había que andar más de un kilómetro para llegar a los talleres. El regreso suponía el mismo recorrido, a la inversa. El resultado era que cuando llegaba por la tarde -ya de noche en invierno- a mi casa, el cansancio y el sueño me tenían destruido. Pero trabajar en aquellos talleres que pertenecían al Estado tenía algunas ventajas que no tenían en otros talleres privados: nos daban cada semana diez kilos de patatas que en mi casa se hervían con tomates y algunos boquerones y nos servían para, durante algunas noches, salir de la rutina de los chicharros, las gachas de harina de almortas, el puré de San Antonio y los boniatos, que eran el plato del día de los españoles de familia humilde.

6. Extracto 6

Zamora, Principios de los años 40
El ejército era una gran fuente de inspiración para aquellos chistes del absurdo, alguno de los personajes se apoyaba siempre en uno bajito que le hacía las veces de bastón (creo que de manera inconsciente o consciente, no lo sé, yo trataba de señalar la humillación del poderoso hacia el débil). Un día, no sé cómo, cayó en mis manos un ejemplar de La Codorniz. Me gustaba aquel estilo de humor, que tenía mucho que ver con el que yo hacía en mis dibujos y en algunas cartas que había escrito, antes de la guerra, a los hijos del diputado Luis Bello cuando estudiaban en El Escorial. Eran cartas del absurdo. Después de haber leído detenidamente el ejemplar de La Codorniz se me ocurrió la idea de mandarle a Miguel Mihura, director en aquel entonces del semanario, un dibujo. Era un soldado con cara de bestia que llevaba atada a las riendas la cabeza de un caballo. El caballo estaba al fondo, de pie pero sin cabeza y el soldado con cara de bestia le decía al oficial que estaba junto a él: "Mi capitán, se me ha roto el caballo". Metí el dibujo en un sobre y se lo mandé a Mihura, con una nota que decía: "Le mando este chiste, si le gusta, me lo publica y si no le gusta, me lo firma por detrás, ya que soy un gran admirador de usted". A los pocos días recibí una carta donde me decía: "No solamente me ha gustado su chiste, sino que me gustaría que colaborase usted en nuestro semanario". Y así lo hice, aunque por miedo a airear mi apellido, firmaba mis dibujos con el seudónimo de XIII, en números romanos. A partir de ese día me hice colaborador fijo de La Codorniz.

7. Extracto 7

El 21 de enero de 1950, los que hacíamos Radio Zamora organizamos en el cine Barrueco un espectáculo pro campaña de invierno. Se trataba de recaudar fondos a través de la radio para conseguir mantas y ropa de abrigo para la gente necesitada. 
Me encargaron la organización del espectáculo y la composición del programa. 
Cocktail 1950 
Sábado 21 de Enero de 1950 a las Diez y Media de la noche 
Presentación Del Mejor Espectáculo Musical y Humorístico del Año 
Organizado por:
Vicente Planells y Miguel Gila de Radio Zamora 
Pro Campaña de Invierno 
Precios populares Butacas 5 y 3 pesetas. 
(Lo que cuesta una lechuga) 
Fue mi primera actuación en un escenario. Improvisé un monólogo absurdo, el público se divirtió muchísimo y a mí aquello me dio la señal de que tal vez en un escenario era donde estaba mi futuro. Ser actor o artista, tanto me daba una cosa como otra.

8. Extracto 8

México 1958
No sé cómo será la cosa ahora, pero en aquella época, cada mexicano iba cargado con su 45 o su 44, calibre arriba, calibre abajo, lo mismo da. 
Una de las noches que estaba actuando en El Afro, entró un individuo y después de recorrer las mesas con la mirada, sacó un revólver y comenzó a disparar. Se armó el gran desparramo. La gente se tiró al suelo y se ocultó bajo las mesas, yo me escondí detrás de una de las dos gruesas columnas que había a los costados del pequeño escenario, los músicos, que cada día se quedaban detrás de la cortina de fondo para escuchar mis actuaciones, se tiraron bajo la tarima. Las balas silbaban y rebotaban en las paredes. Cuando el individuo descargó su revólver, se acercó a una de las mesas, cogió del pelo a una mujer, supongo que la suya, la levantó y la sacó de El Afro a empujones. El hombre que estaba con ella se esfumó. Finalizada la balacera, los meseros pusieron en orden las mesas y los silloncitos, recogieron los vasos rotos, y después cada espectador volvió a ocupar el lugar que tenían antes de la balacera, el presentador salió de no se sabe dónde, se acercó al micrófono y con la mayor naturalidad dijo: 
--En nombre de la empresa, les pedimos disculpas por la interrupción y ahora, señoras y señores, sigue el espectáculo. 
Y me cedió el micrófono. A mí aún me temblaban las piernas, pero la naturalidad con que la gente volvió a ocupar el lugar que tenían antes de la balacera me liberó del susto y, como cada día, la gente se divirtió con mi actuación. Esa fue la primera balacera, luego sería testigo de algunas más, pero las dejo para su momento, ahora me limito a relatar los hechos que tienen que ver con el uso cotidiano del revólver.

9. Extracto 9

Cuba 1959
Ya me disponía a salir de Cuba rumbo a México cuando me enteré de que en el comedor del hotel Hilton estaban Fidel Castro y el Che Guevara comiendo una paella. 
Llamé por teléfono a mi amigo el coronel Matos y le dije que me iba de Cuba a México y que antes de salir tenía un gran interés en conocer a Fidel y al Che Guevara. Matos me dijo que esperara, que venía al hotel. Así fue, al poco rato llegó Matos, que me presentó a Fidel y al Che Guevara, más que como humorista como un combatiente que había luchado en el ejército rojo durante la Guerra Civil española junto a Líster. No obstante, Fidel había visto alguna actuación en la televisión y valoró mi trabajo como humorista, cosa que me gratificó. Me impresionó el Che Guevara, su voz, su físico, la totalidad de su persona. Había en él algo mágico. 
Les expliqué cuál era mi situación respecto a mi contrato de trabajo y la imposibilidad de sacar los dólares de Cuba. Fidel lo habló con el Che Guevara como un caso muy particular, fuera de lo común. Yo no era un terrateniente que pretendía llevarme mi capital, era tan sólo un trabajador que trataba de cobrar mi sueldo. Así intenté aclarárselo. 
Fidel llamó a uno de sus ayudantes y le dijo que tomara nota de mi domicilio en Madrid. Le dije que yo me iba a México y que no sabía si volvería a Madrid, pero como mi contrato para actuar en La Habana se había firmado en España las divisas no podían ir a México. Me prometió que haría lo imposible por resolver mi problema. 
Cuatro años más tarde, cuando ya lo daba por perdido, a través del Banco de Escocia en Madrid me llegaron nueve mil dólares, supongo que eran los doce mil menos los impuestos. Fidel había cumplido su palabra.

10. Extracto 10

Luis Bassat, encargado de la publicidad de Filomatic, me propuso hacer una campaña para las hojas de afeitar. El riesgo era que teníamos que luchar contra Gillette, a sabiendas de que Gillette era la marca más conocida del mercado, hasta el extremo de que cuando le pedíamos a alguien una hoja de afeitar para sacar punta a un lápiz, decíamos: "¿Me prestas una Gillette¿" De siempre me han gustado los desafíos y aquí se me presentaba la oportunidad de afrontar uno que consideraba importante. Luis Bassat, mi mujer y yo, junto con Jordi Ballvé y Puigmiguel, que eran los encargados de la parte técnica, nos pusimos en marcha para crear la campaña. Había una cosa que yo tenía muy clara viendo el tipo de publicidad que se hacía en televisión: teníamos que hacer una publicidad muy directa, en la que la gente no tuviera la menor duda de que estábamos hablando de una hoja de afeitar. Otra de las sugerencias que le hice a Luis y que entendió fue que en lugar de hacer un spot, que podía llegar a aburrir a la gente, hiciésemos doce, uno para cada mes del año, y de esta manera ir cambiándolos cada mes, con lo que la publicidad cobraría frescura. A Luis la idea le pareció espléndida, ya que si bien es cierto que el costo de filmar doce spots era mayor que el de filmar dos, lo ganábamos en atención a la marca, pero nos quedaba otro paso importante para lograr nuestro objetivo: conseguir la aprobación por parte de los directivos de Filomatic. Lo conseguimos. Otro de mis objetivos era encontrar una palabra al final del spot que quedara en la gente. Y lo conseguí. Después de cada spot, decía: "¡Es de suave...! ¡Da un gustirrinín...!" Y la frase se quedó en las conversaciones de la calle y en las conversaciones de familia. Si en el fútbol algún jugador le daba una patada a otro y caía al suelo, la gente gritaba: "¡Es de suave...! ¡Da un gustirrinín...!" Si en el teatro o en el cine se daban un beso alguien decía en voz alta: "¡Es de suave...! ¡Da un gustirrinín...!".

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